19. Montaña rusa emocional. Amante de la vida. No podemos lograr nada sin esfuerzo y constancia, reina de las caprichosas de mente frágil e infantil. Odio las mentiras. Estoy enamorada de mí. Necesito más amor del que necesitaría cualquiera. Tengo una seria adicción con enamorarme de la persona equivocada y extrañar de la misma manera. En cuanto a sentimiento necesito muchos golpes para caer en la realidad. No suelo buscar a las personas, pero si me buscan está más que claro que me encontrarán.
Soy la persona más antipática del mundo con personas a las que no conozco, no soy de demostrar cariño pero cuando realmente siento algo por alguien me vuelvo el ser más patéticamente cursi del universo. Cuando me enamoro quiero ser perfecta, no quiero cometer errores, quiero que me quieran tanto como yo lo hago, quiero ser el TODO para a otra persona. Pongo todo de mí aunque, como acostumbro, suelo ser la lastimada de las "relaciones". Quiero correr y saltar a la misma vez y gracias a eso termino tirada y sin dar un solo paso. Siempre. Amo Arctic Monkeys, la música en general, y más aquella que transmite todas esas palabras que no soy capaz de decir.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Diario de Clases: "Lucksherville"

Capítulo II

No existían esas "típicas" mañanas en este lugar, y con típicas me refiero a esas monótonas pero muy particulares mañanas en las que no te interesa existir siquiera. Solo habían "simplemente mañanas", ni fu ni fa. Nuestro cuerpo, como de costumbre ya estaba preparado para la odisea de todos los días...

Al día siguiente me desperté y lo primero que hice sin dudar segundo alguno fue husmear sigilosamente al bombón de la litera inferior de mi cuarto, imaginando como toda adolescente a su hombre de telenovela dormir descuidado, un brazo por aquí y una pierna por allá. Tampoco quería bajar abruptamente para no despertarlo, en fin, asomé mis narices controlando el chirrido intolerable de mi amada cama y vi que su colchón estaba despojado de su ropa, con un montón de estropajo a sus pies que seguramente eran las sábanas hechas bolita. Eran las 8:05 am en ese entonces, no vi ninguna de las cosas de Aaron en nuestra pequeña celda llamada "cuarto" ya había empezado a delirar... - La vieja Morris debe de haberlo persuadido para así transferirlo con Stacey Bosnjakovic!- pensé
Aún así me parecía extraño, creía caerle bien a Ruffina desde tiempos inmemorables, bueno, no tanto, solo hace cinco añares. Recordé que en este manicomio insufrible se estilaba desayunar los viernes unos panqueques con miel como los que hacía mi abuela, demasiado excelentes para lo que la cocinera de Lucksherville acostumbraba prepararnos. Nos repetía miles de veces que éramos números y objetos ahí dentro, todo, absolutamente todo era muy bueno para nosotros. Genial, después de estar dos minutos campante en pensamiento logré despabilarme y salir corriendo en pantuflas y pijama a desayunar. La cola para los panqueques era engorrosa e interminable, no me quedó otra que ir por un par de manzanas y una taza de café negro, era sorprendente, casi más grande que mi cabeza. 




Cuando logré encontrar una mesa para colocarme cómodamente y comer, pude ver al mundano susodicho de labios voluptuosos primero en la fila, con la bandeja de plata y los panqueques rebosantes en su plato chorreando miel a sus lados. ¿Quieren saber en dónde están las cosas de Aaron? ahí, justo las estoy viendo en su espalda, estúpido y sensual chico... no suelta su mochila por nada del mundo. Recordé parte de nuestra charla nocturna de ayer, me comentó en un va y ven de palabras que nunca dejaba sus cosas en el cuarto por miedo a que lo separaran de su "bebé", la botella de whisky.  


Entre tantos chicos y chicas con sus hormonas alborotadas al límite logró disociarme, como petrificada en un rincón del comedor tratando de que me pasaran por alto.
- Es difícil no percibir tanta tranquilidad entre estos monos gritones e inquietos- oí esa voz tan peculiar que se me acercaba por la espalda.
Giré lentamente la cabeza y mirando sobre mi hombro ahí lo vi, parado mirándome con ojos de cachorro; seguramente sea porque estaba pensando en algo, lo noté distraído. Pero aún así tenían que haber estado ahí y verlo conmigo era una catarata de encanto, sin peinar y con la barba crecida, comestible en su totalidad.
-¿Puedo sentarme?- me dijo a secas
Me moví un poco hacia mi izquierda, se sentó y disfrutamos el silencio unos minutos. Y así de la nada se paró y se fue al terminar, no supe de el en un buen rato. ¿Acaso es broma?, ¿En que está pensando? me pregunté eso el resto del día… hasta que por fin llegó la hora feliz, la hora de hablar con mi amiga del mediodía, la doctora Blanca Cooper. Blanca Cooper era una mujer de unos 40, una solterona dejada por su marido infiel, como en las comedias basileras, todo bochinche. Estaba deteriorada y sin hijos, no tenía mucho de que preocuparse. No era mi hora feliz, pero dentro de tanta locura era mi momento de ayuda diaria, hacía más el trabajo de una psicóloga corriente que el de una psiquiatra. Muy seguido peleábamos, porque según ella vivía la vida de una demente que alucinaba hasta quedarme sin energía, hasta ir a dormir por las noches, para luego así volver a ponerme de pie y alucinar. Básicamente era un ciclo, el ciclo de vida de Elle Brooksfield. Así como los animales, plantas y toda cosa en la tierra, yo tenía mi propio ciclo de vida, interesante… Ese día terminamos de gritarnos un poco y me fui furiosa, con mi temperamento ardiendo por las nubes, como era de esperarse, pues los viernes es cuando estoy más alterada y más aún por la situación que había tenido hace un rato con Aaron. Mi cabeza era como una caldera a punto de estallar del calor intenso que se me hacía dentro, no se si por la charlita con Cooper o por la escena irracional que pasé con este chico, o ambas. Hubiera pensando que me salieron alas y volé literalmente hacia nuestro cuarto nº 27, si no fuera por la golpiza que me dio la escalera de madera que conduce a los cuartos, inolvidable. Lamento no haberme corregido antes, la escalera no cobró vida ni nada por el estilo, solo no miré por dónde iba al igual que cualquier adolescente molesta y mis rodillas pagaron el precio de mi indolencia. Moví lentamente la puerta del cuarto y me encontré con el peor escenario del mundo, Aaron, y no estaba solo. Había alguien más en el cuarto… esto haría que mis esperanzas de algo cesaran por completo.